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Chonquecahua


Ilustración: Dayanna Arias
Ilustración: Dayanna Arias

Por: Jordy Sayaverde


William Laurent, al escuchar el apellido de Aurelio, soltó una carcajada como si acabara de oír el mejor chiste del mundo. No era una risa normal; era de esas que se escapan sin control, como si el cuerpo reaccionara antes que la cabeza. Entre risas, con tono burlón y sin medir sus palabras, dijo:


—¿Chonquecahua te apellidas? Oe… ¿de qué cerro te has bajado tú, ah?


El salón, que hasta ese momento estaba lleno de ruido de plumones, sillas arrastrándose y conversaciones cruzadas, cambió de golpe. El ambiente se volvió extraño, pesado, como si alguien hubiera apagado el sonido del mundo por unos segundos. El olor a aula nueva y aire acondicionado seguía ahí, pero ya nadie lo sentía igual. Solo quedaba la risa de William, rebotando contra las paredes como un eco insoportable.


El profesor, que ya tenía la paciencia desgastada por situaciones así, golpeó el pupitre con fuerza. El sonido seco hizo que varios levantaran la cabeza.


—¡Alumno William Laurent! ¿Ese es el comportamiento que se permite en esta institución?


El salón volvió a quedarse en silencio, pero no era un silencio tranquilo. Era incómodo. De esos que pesan.


William, sin borrar la sonrisa, respondió como si todo fuera un juego:


—Ya, profe, ya me calmo… pero tampoco diga que no es gracioso, pues. Ese apellido suena a cerro, no me va a decir que no.


Y volvió a reír.


Aurelio, en cambio, no dijo nada. No respondió ni miró a nadie. Bajó la cabeza lentamente, como si el techo de pronto pesara más. Sentía algo extraño en el pecho: una mezcla de vergüenza y rabia que no sabía cómo sacar. Permaneció unos segundos quieto, mirando su cuaderno, hasta que se levantó sin decir palabra y salió del salón rumbo al baño.


Algunos lo miraron, pero nadie lo detuvo. En un salón así, muchas veces las cosas pasan… y nadie hace nada.


Una compañera llamada Valeria, que ya había presenciado escenas parecidas, observó a William con molestia.


—William, ¿tú no te cansas de molestar a todos los nuevos o qué?


William la miró de reojo, con esa actitud arrogante de quien cree estar por encima de todos.


—¿Y tú quién eres para decirme algo, ah? Oe, chola, ubícate pues. No me vengas a dar clases.


Valeria apretó los labios, conteniendo la rabia.


—No cambias, ¿no? A mí también me hiciste lo mismo cuando entré.


William solo se encogió de hombros y soltó otra risa, como si la conversación no tuviera importancia.


Mientras tanto, otro compañero del salón, Diego, se levantó en silencio. No dijo nada, pero algo dentro de él no le permitió quedarse sentado. Salió rumbo al baño.


Aurelio estaba apoyado en el lavadero. El espejo le devolvía una imagen que apenas reconocía. Tenía los ojos rojos, aunque hacía un esfuerzo enorme por contenerse. No quería llorar ahí. No quería darle ese gusto a nadie. Pero por dentro sentía como si algo le apretara el pecho.


Diego entró despacio.


—Oe… ¿estás bien? —preguntó con cuidado.


Aurelio tardó unos segundos en responder, como si hablar le costara demasiado.


—Sí… creo. Solo… no me gusta esto.


Diego se apoyó a su lado.


—No le hagas caso a ese pata. William es así nomás. Se cree más por su plata o por su apellido, no sé. Pero no vale la pena, causa.


Aurelio soltó un suspiro largo, como si cargara algo mucho más antiguo que ese momento.


—Es que no es solo eso… yo me he esforzado mucho para estar aquí. Mucho.


Hubo un silencio breve. El sonido del agua cayendo y las voces lejanas del colegio llenaban el resto.


—Ya lo sé —respondió Diego—. Pero no dejes que te boten así nomás. Regresa. No les des ese gusto.


Aurelio asintió lentamente. Se lavó la cara rápido, intentando borrar cualquier señal de debilidad, y respiró hondo antes de volver.


El camino de regreso al salón se sintió más largo de lo normal. Cada paso parecía arrastrar algo invisible, como si el aire se hubiera vuelto más pesado. El colegio seguía igual, con sus paredes impecables y las voces de siempre, pero para Aurelio ya no era el mismo lugar.


Entró.


William ni siquiera lo miró, como si lo ocurrido fuera parte normal del día.


Aurelio se sentó en silencio y abrió su cuaderno.


La clase continuaba: Historia.


El profesor hablaba del Perú, de los incas, de las regiones, de cómo el país siempre había estado dividido de muchas maneras: por la tierra, las costumbres, la forma de hablar e incluso los apellidos. Lo decía como si fuera parte de un pasado lejano, aunque para algunos seguía más vivo que nunca.


Aurelio intentaba escribir, concentrarse, aferrarse a algo que lo mantuviera ahí. Pero el ambiente seguía pesando.


Y entonces, otra vez.


—Oe, profe —interrumpió William con tono relajado—, antes también había gente con apellidos raros como Chonquecahua, ¿no?


El profesor lo miró un instante, sin captar del todo la intención detrás de la pregunta.


—Sí. Muchos apellidos vienen de pueblos andinos y forman parte de nuestra historia.


William sonrió de lado, divertido.


—Ah, ya… o sea, mi causa es serrano entonces, ¿no? Porque su apellido suena a eso… ya tú sabes.


Algunos soltaron pequeñas risas. Otros bajaron la mirada.


El salón volvió a ese punto incómodo donde nadie sabe si reír, hablar o quedarse callado.


Aurelio dejó de escribir.


Su mano quedó inmóvil sobre la hoja, como si el tiempo se hubiera detenido solo para él. Esperó algo. Una reacción. Una palabra. Lo que fuera que pusiera fin a eso.


Pero no pasó nada.


El profesor, después de unos segundos, solo dijo:


—Continúen copiando.


Y siguió con la clase.


Como si nada hubiera ocurrido.


Pero sí había pasado algo. Algo pequeño e invisible para muchos, pero enorme para quien lo vivía. Aurelio sintió que algo dentro de él comenzaba a apagarse lentamente, como una luz que ya no encontraba motivos para seguir encendida. No era un dolor ruidoso; era un silencio interno.


Miró su cuaderno lleno de apuntes. De pronto, las palabras dejaron de parecer útiles. Dejaron de parecer suficientes.


Pensó en su casa. En su madre orgullosa. En las noches de cansancio donde, aun así, seguía estudiando. En todo lo que había dejado atrás para estar sentado en ese salón.


Y aun así…


ahí estaba.


En un lugar donde su esfuerzo parecía valer menos que una risa.


La clase terminó.


El timbre sonó.


El salón recuperó el movimiento de siempre: sillas arrastrándose, conversaciones rápidas, mochilas cerrándose a toda prisa.


William se levantó junto a Sebastián y Rodrigo.


—Ya fue, qué aburrido esto, oe —dijo entre risas.


Aurelio no se movió enseguida. Se quedó mirando su cuaderno cerrado, como si esperara que dijera algo.


Lo abrió.


Lo cerró.


Se levantó.


Tomó su mochila.


Y salió.


Ese día, cuando llegó a casa y le preguntaron cómo le había ido, respondió lo de siempre:


—Bien.


Pero no era cierto.


Esa noche no estudió. No abrió cuadernos. No hizo tareas.


Solo se quedó mirando el techo, mientras el silencio de su cuarto se hacía más grande que cualquier palabra.


Al día siguiente no fue al colegio.


Ni al otro.


Ni al siguiente.


En el salón, su carpeta quedó vacía. Al principio alguien lo notó; después dejaron de hacerlo.


El profesor pasó lista como siempre.


—Aurelio Chonquecahua…


Silencio.


Los días siguieron avanzando como si nada.


William continuaba riéndose, como si todo hubiera sido parte de un juego sin consecuencias.


—Ese pata seguro se cambió, oe —comentaba entre risas.


Y así, poco a poco, el nombre de Aurelio dejó de escucharse.


No porque hubiera desaparecido de verdad…


sino porque el salón aprendió a ignorarlo.


Como si nunca hubiera estado ahí.


Como si su historia, su esfuerzo y su presencia…


se hubieran apagado sin hacer ruido.

 
 
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