El retorno en Navidad
- Angie Bazalar

- 23 dic 2025
- 4 Min. de lectura

Escribe Angie Bazalar
En mi casa, hablar era opcional, pero dejar notas en el refrigerador era casi una tradición. En diciembre se ponía aún peor: el “refri” amanecía con “post-it” rojos y verdes llenos de mensajes. “Ana, si vas a llegar tarde avisa, aunque sea finge que vives aquí”, “Llegó el recibo de luz y este no se va a pagar solo”, “Si van a hablar mal de mí procuren que yo no esté en casa”.
Pero esa mañana del 24 de diciembre, en medio de todos los preparativos navideños, apareció una nota distinta. Un “post-it” amarillo fosforescente escrito con un plumón negro intenso que nadie podía ignorar: “¿Y si por una vez dejamos de pelear escribiendo y nos decimos cara a cara lo que realmente nos molesta?... o esto va a terminar peor que el año pasado”.
Cada integrante de la familia miraba aquella nota como si fuera una amenaza formal. Nadie dijo nada, pero la tensión se podía sentir. El aire era casi asfixiante.
Mi madre, con una sonrisa incómoda, comenzó a servir el chocolate caliente para desayunar. Mi hermano se acomodó en la mesa como si no hubiera leído nada. Aunque su cuerpo lo delataba, movía las piernas en señal de ansiedad y se comía las uñas creyendo que nadie lo veía. Y mi papá … bueno, él hizo lo que mejor sabe hacer: fingió no existir.
Saber quién había escrito la nota no era realmente el problema. Lo que inquietaba de verdad era que cada uno tenía su propia versión de lo que ocurrió el año pasado, y aún así nadie estaba dispuesto a decirla en voz alta.
Lo que nadie decía, ni siquiera entre líneas, era que faltaba alguien en la mesa. Mi hermana mayor no estaba ahí, y su ausencia pesaba más que cualquier silencio. Desde febrero estaba internada, “descansando” decía mi madre; “estabilizándose” según papá y … “escapando de la realidad” según mi hermano menor. La verdad era la más simple, pero también la más incómoda. El año pasado, después de semanas de discusiones, gritos y palabras que dolían más que cualquier golpe, ella se quebró. No de esa forma dramática que la gente imagina, sino de una forma silenciosa y progresiva que cuando intentas detener ya está en una etapa final y no hay vuelta atrás. Y hoy, después de meses, mi hermana podría venir. Pues, según el psiquiatra ella ya estaba lista para volver a casa, solo que aún no tenía la voluntad de hacerlo. Cuando su mente se lo permitiera, fuera de día o de noche. Una tregua que todos respetaríamos. Y justo por eso, esa nota en el refrigerador se sentía como si quemara.
Lo que más me inquietaba no era su ausencia, sino la manera en que la casa había empezado a sentirse como si ella ya estuviera por llegar. Mi madre había limpiado de manera exhaustiva, cambiado de lugar los muebles, ordenado los cuadros donde aparecíamos sus tres hijos sonrientes: momentos estáticos que reflejaban la felicidad de aquel entonces.
Por mi parte, y sin darme cuenta, también lo había hecho. Ordené mi cuarto centímetro a centímetro. Así que, mientras el minutero avanzaba y las horas para recibir nochebuena se acortaban, más crecía la ansiedad y aumentaban las expectativas. Yo observaba de reojo la nota aún pegada en el refri y entendí por qué pesaba tanto; no era un recordatorio. Era más que eso, era una advertencia disfrazada de buena intención. Una forma de decirnos que si seguíamos haciendo como si nada hubiera sucedido y todo estuviera bajo control, empujaríamos a mi hermana nuevamente hacia el mismo lugar del que apenas estaba saliendo.
El reloj marcó las seis con un clic frío que sonó más fuerte de lo normal. Nadie lo comentó. Todos estábamos demasiado ocupados fingiendo que no esperábamos nada. Y, justo cuando mi madre iba a decir algo, la puerta de la entrada rechinó y solo se escuchó un sonido leve de alguien entrando. Mi hermano dejó de morderse las uñas. Mi padre levantó la mirada y yo contuve el aire.
Mi hermana no apareció de inmediato. Primero vimos su sombra asomarse tímidamente mientras ella avanzaba. La cara de todos reflejaba incertidumbre pues después de dicho episodio nos impidieron visitarle pues ella expresamente lo había prohibido.
Pero yo … yo solo quería verla. No para abrazarla, ni para preguntarle cómo está. Solo para confirmar que seguía siendo ella y no una versión de una persona medicada que aprecia el mundo en piloto automático.
Cuando por fin cruzó el marco de la puerta. Nadie dijo nada. Nadie supo si debía acercarse o quedarse quieto. Ella tampoco lo sabía, examinó la casa con su mirada. Miró la mesa, miró el árbol de Navidad. Pero también observó con detenimiento la nota amarilla pegada en el “refri” junto a las demás. La leyó completa sin emitir sonido alguno solo moviendo los labios. No cambió de expresión. Solo respiró hondo, como si estuviera a punto de decir algo que llevaba ensayando meses.
Y fue entonces cuando mi hermana habló. Una sola palabra. No un saludo, no un “los extrañé.” Fue una palabra tan simple y tan precisa que todos la entendimos: “Perdón”.
No lo dijo quebrándose, ni temerosa, solo cansada. Cansada de cargar sola con lo que nunca debió cargar. Y, algo en esa palabra tan corta, pero a la vez tan humana. Nos desarmó. Nadie lloró, nadie corrió a abrazarla, solo nos quedamos ahí respirando el mismo aire, pero sin esa angustia asfixiante de un inicio. Sentíamos por fin que el silencio dejaba de ser una amenaza.
Y así, sin discursos cliché, ni gestos o escenas salidas de un reencuentro conmovedor entendimos que, a veces, lo que callas no te protege. Fingir que nada pasa no elimina el problema y guardarse las palabras solo te genera esa insatisfacción de cosas que quisieras decir hasta que ya es demasiado tarde para hacerlo.

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