La otra Ana
- Angie Bazalar

- hace 2 horas
- 4 Min. de lectura

Ilustración: Dayanna Arias
Un cuento de Angie Bazalar
Nadie dice “me estoy ilusionando”. Lo que se dice es: “me cae bien, hablamos mucho pero no es nada”.
Empieza así: Un follow, un like, un mensaje, una reacción. Cosas mínimas que no prometen nada. Alguien te escribe y respondes, no porque sientas algo, sino porque tienes curiosidad.
Conocer a alguien ya no implica demasiado esfuerzo. No hay que coincidir en un lugar ni inventar una razón simplemente se da.
Ana Barcos no conoce a Steven Dacio en persona. No podría describir su forma de caminar ni de qué lado de la cama duerme. Ella lo conoce de otra forma. Por mensajes diarios que se vuelven costumbre. Por audios graciosos que llegan en cualquier momento del día.
Sabe, por ejemplo, que Steven Dacio odia el café pero que igual lo toma por las mañanas. Que se entusiasma mucho con las causas justas y se sobresatura de actividades porque no sabe decir que no. Que usa emojis para suavizar un mensaje y que siempre responde, aunque sea tarde.
No se han visto nunca, pero se han contado cosas que no se dicen ni siquiera en una primera cita.
Han hablado de sus miedos más pequeños, de rutinas y de recuerdos que no aparecen en las fotos. Steven Dacio le ha mandado fotos de su día a día, de las calles por donde camina y de las cosas que hace.
Ana Barcos le ha contado como se oye su barrio de noche y en qué piensa cuando no puede conciliar el sueño. No saben lo que significa el silencio entre ellos porque las palabras fluyen hasta que el cansancio vence.
No hay promesas. Nadie dice esto va en serio. Nadie hace la incómoda pregunta del ¿Qué somos? El vínculo existe en este cómodo espacio. Hablar con Steven Dacio es parte del día a día de Ana Barcos, como revisar la hora o estudiar.
El “amor” moderno no empieza como el de antes. No hay cortejos ni espera, no hay cortesanos, no hay chaperonas ni excusas para coincidir. Nadie se arregla para impresionar a alguien que todavía no conoce.
Todo ocurre sin una ceremonia previa. Sin aviso, sin testigos, sin un contexto específico. No entra por una puerta principal, pero si se cuela por una notificación.
Ana Barcos sabe muchas cosas de Steven Dacio, pero hay otras que no puede imaginar. No sabe cómo se expresa en un lugar público, si habla con las manos o si se queda quieto. No sabe si su voz cambia cuando está nervioso ni como mira cuando escucha con atención. Hay partes de él que no existen todavía en la mente de Ana. Y, aun así, siente que lo conoce. Quizá demasiado.
En el amor moderno el cuerpo llega tarde. Primero aparece la palabra luego la imagen, después la voz. Antes el amor implicaba espera. Esperar una llamada, una carta, un encuentro. Ahora implica disponibilidad. Estar ahí y simplemente contestar.
Ana Barcos no le cuenta a nadie sobre Steven Dacio. No porque sea un secreto, sino porque siente que no lo podría explicar. Decir “hablamos” no alcanza. Decir “me gusta” sería exagerado. Decir “no es nada” es lo más cercano a la mentira.
A veces se pregunta cuánto tiempo se puede sostener algo así. Cuánto dura un vínculo que no se concreta en un mundo real. Otras veces piensa que esa fragilidad es lo único que lo mantiene intacto.
Hay días en los que Steven Dacio menciona la posibilidad de encontrarse. Lo dice sin insistir, como quien lanza una idea para saber qué dice la otra persona. Ana Barcos responde con naturalidad, pero aun así se queda pensando en ello durante horas. En cómo sería reconocerlo.
El amor moderno no promete finales. Tampoco principios claros. Se parece más a una conversación que no se cierra. Un follow devuelto, un mensaje respondido.
Ana Barcos imagina cómo habría sido amar en otros tiempos. Cartas escritas a mano, silencios largos, la certeza de que la ausencia significaba algo. Ahora la ausencia también comunica, pero de otra manera.
El amor moderno exige una habilidad extra: saber convivir con la duda. No hay reglas claras, no hay guiones. Cada vínculo se improvisa.
El mensaje llega una tarde cualquiera. Ana Barcos lo abre sin expectativa. Steven Dacio escribe algo que no cuadra del todo: “Avísame cuando llegues, para seguir con eso de la bibliografía”.
Menciona un aula, un horario y un “como quedamos”. Ana Barcos relee. No recuerda haber quedado en nada de eso, pues claramente el mensaje no era para ella.
Antes de que responda, aparece otro mensaje. “Perdón, era para otra Ana. Me confundí”.
No hay incomodidad de por medio. Ana Barcos apenas sonríe. Contesta: “relax, suele pasar”.
Después de eso, hablan menos. No porque lo decidan sino porque se da. Los mensajes pierden urgencia. La costumbre se diluye.
Semanas más, Ana Barcos regresa a clases. El salón está casi lleno. El profesor se detiene al ver a alguien en la puerta. “Pasa. Tú debes ser Steven”, dice.
Ana Barcos levanta la vista y se miran con una mezcla de reconocimiento. No hay sonrisas ni tensión. Se saludan con un gesto mínimo.
Mientras el profesor habla, Ana Barcos piensa que ese era el orden correcto.

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