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Sábados de canela y domingos de laurel

Jacqueline Jiménez Palomino tiene 28 años y desde hace tres dedica sus fines de semana a acomodar con esmero las bolsitas de canela, clavo, anís y anís estrella, para poder vender en el boulevard chorrillano “La Paradita”. Sin embargo, su vida laboral no siempre giró bajo el círculo de la informalidad, ella se vio obligada a dejar el trabajo para otros y continuar su propio camino, uno que le permite ser madre y vendedora a la vez, aunque eso implique sacrificar la estabilidad de un empleo fijo.



“Antes trabajaba para otra persona, pero cuando nació mi hijito ya no podía trabajar todos los días”, cuenta. Ahora, solo los sábados y domingos, se dedica a vender productos secos, esos que en invierno tienen más salida porque el frío invita a las infusiones calientes. En verano, las ventas bajan, pero Jacqueline no se queja: con lo que gana en un fin de semana unos 400 o 500 soles, según indica, logra aportar más de lo que recibía como empleada. “Me pagaban menos”, recuerda, y en su voz hay un dejo de alivio por la independencia conquistada.


El trabajo informal; sin embargo, tiene sus propias reglas y obstáculos. Jacqueline sabe que la formalización sería lo ideal, pero también sabe que el costo es alto: “Cobran como 3.000 soles solo para formalizarse, y el puesto cuesta otros 2.000. Hay mucha gente que no tiene”, afirma soñando en un futuro donde las autoridades ofrezcan más facilidades, pagos a plazos, cuotas mensuales, porque la realidad es que la mayoría no puede pagar de golpe. Además, la legalidad es frágil: lo que hoy se negocia con un alcalde puede cambiar mañana, y la incertidumbre es parte del día a día.


Nunca ha tenido problemas graves con los fiscalizadores, aunque ha visto cómo otros vendedores, con carretas grandes y mercancía abundante, terminan siendo desalojados cuando el desorden se desborda. Ella, en cambio, mantiene un perfil bajo, vende lo justo y se apoya en su esposo para sacar adelante a su hijo. No está sola, pero carga con la responsabilidad de equilibrar la maternidad y el trabajo, de buscar cada fin de semana un poco de estabilidad en medio de la informalidad.


Así, entre aromas de especias y conversaciones con clientes, Jacqueline teje su propia rutina. Sabe que su esfuerzo vale la pena, porque le permite estar cerca de su hijo y aportar al hogar. Y aunque el futuro es incierto y la formalización parece un sueño lejano, ella sigue adelante, convencida de que, por ahora, cada sábado y domingo son una pequeña victoria.

 
 
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