Kilometros de esperanza
- DíaTreinta

- 27 ago 2025
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A las seis de la mañana, cuando Lima apenas bosteza y la luz visible se cuela por las casas, Yheikson Gallardo ya está despierto. Suena la alarma y, con el primer rayo de luz, comienza una rutina que, aunque cotidiana, nunca es igual. Yheikson se pone su mochila naranja de Rappi, revisa su celular, y se prepara para salir a recorrer las calles de la capital gris. Tiene 24 años, pero sus ojos, oscuros y atentos, parecen haber visto más que cualquier joven de su edad.
A veces, mientras ajusta su casco y enciende su moto, Yheikson recuerda la Venezuela que dejó atrás. Recuerda con nostalgia los días en que soñaba con ser ingeniero, cuando los números y las fórmulas eran el idioma de sus sueños “Siempre me gustaron las matemáticas”, dice con semblante de tristeza, como si aún pudiese resolver ecuaciones en el aire. Pero la vida, esa que no pregunta y solo arrolla, le obligó a dejar la universidad en el segundo ciclo y a cruzar fronteras con su madre, abuela y hermanos. No fue un viaje planeado, sino una huida, una decisión tomada por el miedo y la esperanza de un futuro mejor.
En Lima, la ciudad que le abrió las puertas, Yheikson encontró nuevos escenarios envueltos por el trabajo informal. “La mayoría de la gente trabaja así, porque es lo más rentable”, cuenta. Y es así como él inicia en el mundo del delivery, un trabajo sin jefes, sin horarios fijos, sin más recompensa que la ganancia diaria y la satisfacción de llegar a la meta, una que ¿en verdad valía para el esfuerzo dado? Él optó por ser repartidor porque, tras años de trabajos pesados y jornadas interminables, anhelaba una vida con mayor libertad. No quería seguir atado a un horario de siete de la mañana a siete de la noche, ni depender de un sueldo mínimo que apenas alcanzaba para lo esencial. El delivery le ofrecía la posibilidad de organizar sus propios tiempos, de elegir cuándo y cuánto trabajar, y de ganar, en menos horas, lo que antes le costaba jornadas enteras.
El proceso para empezar fue sencillo, pero no por ello menos significativo: descargó la aplicación de SoyRappi en su celular, completó el registro con sus datos y eligió la ciudad donde recorrería las calles. No necesitó más que su voluntad, un teléfono y el deseo de avanzar. Cuando la plataforma le dio luz verde, supo que podía empezar a trabajar de inmediato, eligiendo sus propios horarios y rutas.

El motor de Yheikson
Como todo migrante, Yheikson carga con la responsabilidad de un hogar. Ahora vive con su pareja y el alquiler, la comida o en general, los gastos cotidianos, dependen de lo que logre reunir. A veces son 800 soles, otras veces 1000 o 1200, cada mes es distinto y él debe de vivir en la incertidumbre de lo que pueda ir reuniendo.
Pero lo que realmente sostiene a este joven, es el amor por su madre. “Ella es la persona más importante para mí”, confiesa, y en su voz se nota una ternura inquebrantable. Su madre, la que le enseñó a hacer lo correcto, es ese refugio que lo mantiene con los pies en la tierra.
La familia de Yheikson es grande, dispersa, pero unida por los recuerdos y el sacrificio. Desde los 14 años, se vio obligado a aprender que la vida no regala nada, trabajó, estudió y cuando la economía familiar apretaba, él se adaptaba sin quejarse. “Nunca fuimos de altos recursos, pero siempre tuvimos lo esencial”, dice, y en esa frase cabe toda dignidad de quien sabe que no tener muchos recursos no es motivo de vergüenza, sino un punto de partida.
No todo es fácil en la vida de un repartidor, la inseguridad es un problema constante, los conductores imprudentes, los robos o el estrés por conducir por las calles caóticas. Lo que le impulsa a juntar de sol a sol es la meta que se ha propuesto: ahorrar lo suficiente para tener su propia moto, ya que la que actualmente usa se la alquila a un familiar, una solución temporal que le permite trabajar, pero que también limita sus ingresos. Cada semana, una parte de lo que gana debe destinarla al alquiler de la moto, lo que hace que el sueño de la independencia se sienta todavía más urgente, para volver algún día a la universidad, para terminar la carrera que dejó a medias y para cumplir todas aquellas metas que tiene en mente. “Quiero ser otra persona, tener un título, cumplir ese sueño”, confiesa, y en sus palabras hay una mezcla de anhelo y determinación, la certeza de que, aunque el camino sea largo, vale la pena seguir intentándolo.
“Nos meten a todos en un mismo saco”
Ser repartidor en Lima, en muchos sentidos, es una aventura diaria. Yheikson recorre las calles grises de sol a sol entre el peor tráfico, la inseguridad que no para y aquellas miradas juzgantes de las personas que encasillan a los motorizados como delincuentes, a pesar de que muchos de ellos sean honestos y esta sea la única manera que encontraron para vivir. “Nos meten a todos en un mismo saco”, lamenta.

Sin embargo, aunque el peligro acecha su trabajo, lo que más le gusta de este es la libertad. “No tienes a nadie encima, puedes organizar tus horarios”, cuenta. Para él, las calles son un aula abierta, un escenario donde se aprende a diario, conoce nuevos lugares, nuevas amistades y sobre todo no cae en la rutina. “Siempre trato de hacer algo diferente para no aburrirme”, explica.
El día a día de Yheikson es intenso, pero él sabe cómo dosificar su tiempo. Desayuna a las 9, almuerza al mediodía y llega a su casa para cenar. A veces lleva su propia comida, otras veces compra menú en la calle y cuando el cansancio aprieta, se toma un tiempo para respirar, descansar, y comenzar nuevamente con nuevas energías. “Si te organizas, hay tiempo para todo”, asegura. Incluso para el fútbol, su deporte favorito, ese que lo conecta con su infancia y le permite olvidar, por un segundo, el peso de la adultez.
La mirada de esperanza
“No tengo preocupaciones, en el sentido de andar triste todo el tiempo”, dice con una sonrisa franca. Ha aprendido a encontrar momentos de alegría en medio de la incertidumbre. Quizás su mayor lección es esa: La felicidad no es un destino, sino una actitud.
Yheikson no cree que la vida deba ser ideal para poder disfrutarla. Se muestra agradecido por lo que posee, valora cada logro y continúa imaginando un futuro mejor.
Durante su travesía por Lima, observa un país que, al igual que él, enfrenta desafíos para progresar. Percibe la informalidad que lo envuelve, la escasez de oportunidades y la inseguridad que acecha a la población. A pesar de entender que el cambio está sujeto a diversos factores, mantiene vivo su optimismo.
Su historia es la de miles de jóvenes migrantes que, lejos de casa, reinventan su destino con coraje y humildad. Es la historia de un repartidor que, entre el ruido de la ciudad y el silencio de sus pensamientos, se niega a rendirse. Porque, como él mismo dice, “siempre trato de darle la mejor cara a la vida”.

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