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Celestino: El zapatero de la memoria

En el mercado, entre el bullicio de la mañana y el ir y venir de los clientes, Celestino Alejaco Alfaro, de 84 años, se instala cada día frente a su módulo de calzado. Su rutina es impecable: llega a las ocho de la mañana, puntual, y se asegura de que su espacio esté limpio y ordenado. No es solo cuestión de costumbre, sino de respeto por el trabajo y por quienes lo rodean. Celestino lleva más de dos décadas lustrando zapatos, pero su historia laboral comenzó mucho antes.



Un oficio que ya no da ingresos, pero sí razones


Pero a estas alturas, el trabajo de Celestino ya no es una cuestión de ingresos. El oficio de lustrador ha quedado relegado por las zapatillas modernas y los hábitos cambiantes de la ciudad. El dinero que obtiene apenas cubre algunos gastos menores; sus hijos adultos le ayudan con lo necesario. Sin embargo, él sigue saliendo cada mañana, no por necesidad económica, sino por algo mucho más vital. El deseo de no perderse ni un solo saludo, ni una sola charla, ni la oportunidad de cruzar miradas y palabras con los amigos de toda la vida.


La verdadera riqueza de Celestino está en el bullicio de la calle, en los rostros conocidos que lo saludan, en las historias que se cuentan entre risas y nostalgias. Su módulo es más que un puesto de trabajo: es un punto de encuentro, un refugio de memorias y anécdotas. Allí, entre el ir y venir de los clientes, Celestino conversa con viejos amigos, escucha los problemas de los vecinos, comparte consejos y revive, una y otra vez, la Lima de su juventud.


No siempre fue así. Durante décadas, Celestino luchó por el bienestar de su familia y por los derechos de los trabajadores. Fue obrero, sindicalista, padre de seis hijos y testigo de una ciudad que creció y cambió a su alrededor. Ahora, en la madurez de la vida, ha encontrado en la sociabilidad su mayor motivo para salir cada día. El trabajo es solo una excusa para sentirse parte de algo más grande, para no perder el pulso de la vida ni la costumbre de la amistad.


En el fondo, Celestino sabe que su salud y su ánimo dependen de esas horas en la calle, de esas charlas improvisadas y de la calidez humana que solo se encuentra fuera de casa. No le teme al paso del tiempo ni a la soledad, porque ha hecho de la conversación su mejor herencia y de la amistad, su mayor fortuna.


Así, entre el brillo de algún zapato y la complicidad de una sonrisa, Celestino Alejaco Alfaro sigue enseñando que, a veces, el verdadero trabajo es mantenerse presente, ser parte de la vida común y no dejar nunca de conversar.


 
 
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