De microempresario a comerciante informal
- DíaTreinta

- 27 ago 2025
- 2 Min. de lectura
Julio tiene 58 años y ha aprendido a adaptarse, incluso cuando la vida da un giro inesperado. Antes de la pandemia, era microempresario: fabricaba zapatos y sandalias, dueño de su propio destino y de su pequeño taller. Pero la llegada del virus, el encierro y la crisis económica lo dejaron, como a tantos otros, sin el sustento que durante años le dio estabilidad. Fue entonces cuando, empujado por la necesidad, se sumó al comercio informal en el boulevard chorrillano “La Paradita”.
La vida en el mercado es un reflejo de la realidad peruana: el que paga tiene derecho a ocupar un sitio, el que no, debe buscarse la vida en otro lado. “El que tiene un recomendado puede trabajar, el que no, no”, resume Julio, con la sinceridad de quien ha visto cómo las reglas se negocian en cada esquina. Al principio, no fue fácil. Los fiscalizadores lo sacaban, le negaban el espacio, le recordaban que, en ese mundo, las oportunidades se compran o se consiguen con favores. “Al comienzo, no podía trabajar. Hasta que me tuve que poner formalmente”, recuerda.

La formalización llegó gracias a una oportunidad: el alcalde de Chorrillos abrió una ventana de diálogo, permitiendo que los vecinos presentaran sus propuestas. Julio, fue escuchado y recibió la autorización para trabajar legalmente. Ahora paga directamente a la municipalidad un arbitrio mensual que, aunque implica un gasto, le da la tranquilidad de no tener que lidiar con coimas ni amenazas. “Es un paso importante porque podemos trabajar tranquilos y en orden”, afirma, convencido de que la formalización es el camino para dignificar el trabajo de miles de peruanos.
Sin embargo, Julio sabe que la vida es incierta. “Vamos de rumbo en rumbo”, dice, evocando los años en los que su situación era mejor, cuando la pandemia no había cambiado el tablero de juego. Hoy mantiene a su familia con lo que gana en el mercado, pero sueña con volver algún día a lo suyo, a la confección de calzado, a ese oficio que le daba orgullo y autonomía.
Mientras tanto, sigue adelante, como tantos otros, reinventándose cada día. Porque la vida, para Julio, es eso: adaptarse, resistir y nunca perder la esperanza de volver a empezar.

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