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El día de mi suerte

hace 9 horas
4 min de lectura

Escribe Sayru Esau Meza Macedo

 

Ya era de noche. Recuerdo claramente que era un viernes 19 de mayo del año 2023. En mi casa había mucho entusiasmo y felicidad. Mi hermana mayor Ingrid llevaba un vestido casual negro y se daba los últimos detalles frente al espejo, mientras yo me acomodaba mi camisa nueva para salir con ella.


Los dos íbamos todo panudos, hablando de la película “Rápidos y Furiosos 10”. Justo ese día era el estreno y por eso fuimos a Megaplaza del distrito de Los Olivos para averiguar en el CineMark el precio de las entradas y así organizar una salida con toda la familia y ver la película juntos.


Antes de salir de casa, dejamos los celulares encima de la mesa a propósito, para no distraernos, para evitar llamadas de trabajo, conocidos y también por seguridad. Es que era una ocasión para pasar un rato agradable con mi hermana y despejarnos del estrés del día. Queríamos un momento de paz y tranquilidad, lejos de cualquier tipo de responsabilidad o distracción que fuera a presentarse.


En ese tiempo, vivíamos cerca del cruce de las avenidas Carlos Izaguirre y Universitaria. Salimos a la calle tranquilos, sintiendo el aire fresco de la noche. Estábamos entusiasmados por ver la película en familia. Llevábamos meses esperando el estreno y una la salida familiar, que nos gusta mucho.


Íbamos relajados, muy tranquilos, pero al mirar el reloj yo me di cuenta de que nos estábamos demorando mucho para llegar a Megaplaza. Al llegar a una esquina, teníamos dos opciones: seguir caminando por la avenida Izaguirre, la misma ruta de siempre, o entrar por una calle que nos daba un atajo directo a la Municipalidad de Los Olivos y ganar tiempo.


—Mejor vamos por acá nomás —le dije a mi hermana.


Ese fue nuestro peor error. A mitad de esa calle angosta, las luces de los postes empezaron a parpadear. No se veía nada con claridad. De pronto, la noche se volvió pesada, helada, con un silencio raro que me erizó la piel. Mi hermana, que siempre es valiente, también tuvo miedo.


¡Brum, brum!


Un sonido muy fuerte retumbó en la calle angosta. Dos motos aparecieron de la nada y nos acorralaron. Iban dos tipos en cada moto; eran cuatro, pero por el susto yo pensé que eran como 20. Estaban encapuchados y apenas frenaron, tres de ellos sacaron pistola y nos apuntaron directo a la cara.


—¡Ya perdieron, quédense quietos o los enfriamos! —nos gritaron.


El miedo me congeló la sangre, se me erizó toda la piel. Ingrid se paralizó del susto, ¡no sabíamos qué hacer! Mientras tres nos tenían neutralizados, el cuarto tipo se bajó de un salto de una de las motos y fue directo a ella.


—No, no, no tengo nada— dijo Ingrid, con mucho miedo. Jamás había visto a mi hermana hablar de esa manera.


La verdad sonaba ridículo y hasta obvio decírselo a un tipo que la estaba jaloneando, pero… era la verdad, no teníamos nada.


Mi corazón quería salirse del pecho, lo único que pasaba por mi cabeza en ese segundo no era mi vida, sino la vida de ella. Ver cómo ese sujeto le metía las manos en los bolsillos me quemaba por dentro: “Si me meto me matan… Si no hago nada, nos matan a los dos”. No llevábamos celulares ni plata en efectivo. Pero traía conmigo la tarjeta del banco que tenía como cinco mil soles. La guardaba bien al fondo del bolsillo del pantalón. Estábamos regalados.


El delincuente dejó a mi hermana. Me agarró del cuello de la camisa y me jaloneó. Me reviso todos los bolsillos, pero, curiosamente, no pudo encontrar la tarjeta que tenía los cinco mil soles. Yo cerré los ojos y me encomendé a Dios, mientras los otros tres no bajaban las pistolas. Pensé: “Hasta aquí llegué yo, Dios… Por lo menos conserva la vida de mi hermana y cuida de ella”. Solo quedaba esperar el impacto de la bala.


Pero como no sintieron bultos de celulares ni billetera, mucho menos la tarjeta, uno de ellos exclamó:


—¡No tienen ni un maldito sol, zafamos nomás! —gritó el que manejaba.

¡Rrrrummm!


Aceleraron a fondo y se esfumaron, dejándonos cubiertos de humo. Me pareció muy extraño lo que sucedió porque lo normal hubiese sido que nos hayan disparado por no llevar nada de valor.


Nos quedamos tiesos, sin poder creer que estábamos vivos. Seguimos caminando desorientados, temblando, incluso sudando frío, hasta salir a la avenida principal y, al pasar por un rincón cerca del cruce, unos señores que estaban tomando en la vereda, nos miraron raro y nos dijeron:


—¿Les robaron algo o qué?


Mi hermana no les respondió por la impotencia que cargaba, pero yo sí les dije algo. Aunque no me crean, les contesté con amabilidad: “Por suerte no nos robaron nada”.


Llegamos a Megaplaza a salvo, con el susto todavía encima. Averiguamos el precio de las entradas, paseamos un rato por todo el centro comercial y después nos regresamos a casa, pero ya más aliviados.


Ese día los planes cambiaron de manera muy drástica, pero tuvo un buen final.

Cuando llegamos a casa, yo dije:


—Hoy es el día de mi suerte, porque pude haber muerto y sigo vivo. Dios me dio una segunda oportunidad, la vida me volvió a sonreír.


Al entrar a casa, mi papá Saúl y mi hermana Noemí nos esperaban despiertos. Mi hermanita nos saludó como siempre. Pero mi papá nos miró a los ojos y notó algo raro en nosotros; pero, aun así, no nos preguntó nada y decidimos guardar silencio sobre el asalto.


Temíamos que nos prohibieran salir a la calle por un buen tiempo, y no queríamos perder esa libertad.


Simulando total normalidad, les dijimos el precio de las entradas para “Rápidos y Furiosos 10” y coordinamos la fecha del cine en familia.


Esa noche nos fuimos a dormir en paz, sabiendo que la vida nos regaló una oportunidad más.

 

 
 
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