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La luz que nació del miedo

hace 32 minutos
5 min de lectura

Cuento escrito e ilustrado por Valeria Payhua


A veces, la vida cambia en un instante. Basta una palabra, una mirada o una noticia para que todo lo que conocíamos parezca distinto. Hay momentos que llegan sin avisar y que, aunque pasen los años, permanecen en nuestra memoria como si hubieran ocurrido ayer.


Era el año 2020. Afuera, el mundo también atravesaba momentos difíciles, pero dentro de mi familia comenzaba una larga batalla. Mi hermanita Luciana tenía apenas seis años cuando recibimos una noticia que nadie estaba preparado para escuchar: tenía un tumor maligno en el cerebro.


Recuerdo que, desde ese momento, nuestra casa dejó de sentirse igual. El miedo comenzó a caminar por los pasillos, acompañándonos todos los días. Mi mamá y mi papá intentaban mantenerse fuertes, pero yo podía ver la preocupación en sus rostros. Había preguntas para las que nadie tenía respuestas y momentos en los que simplemente no sabíamos qué iba a pasar. Yo tampoco sabía exactamente qué hacer. Era difícil entender por qué alguien tan pequeña tenía que pasar quimioterapias que empezaron a formar parte de nuestra rutina. Ya no se trataba solamente de ir al colegio, hacer tareas o pasar tiempo en familia. Ahora había citas médicas y momentos en los que toda nuestra atención estaba puesta en la salud de Luciana.


Durante todo su proceso tenía que recibir sus quimioterapias. Para ella no era sencillo. Era pequeña y tenía que enfrentarse a procedimientos que podían resultar dolorosos y aterradores para cualquier persona, mucho más para una niña de seis años.


Recuerdo especialmente un día que. Me tocó acompañarla sola a su quimioterapia. Ese día tuve que verla recibir el tratamiento de cerca por un catéter en el cuello y no por las manos porque eran muy pequeñas. Recuerdo observar cómo le colocaban e inyectaban los medicamentos mientras ella sufría por el dolor. Yo quería hacer algo para que no le doliera, pero no podía. Lo único que podía era acompañarla.


Creo que ese día entendí de una manera diferente lo que estaba viviendo mi hermana. Hasta entonces sabía que estaba enferma y que recibía tratamiento, pero verla ahí, frente a mí, hizo que todo se sintiera mucho más real.


Mientras esperaba, también comencé a mirar a mi alrededor. Vi a muchos niños que, como Luciana, estaban recibiendo tratamiento. Algunos ya no tenían cabello debido a las quimioterapias. También vi adultos y ancianos pasando por situaciones similares. Aquella imagen se quedó grabada en mi memoria. Había personas de diferentes edades, pero todas compartían algo estaban luchando contra una enfermedad.


Recuerdo que pensé en lo injusto que era ver a tantos niños atravesando algo tan difícil cuando deberían estar jugando, corriendo o preocupándose solamente por cosas propias de su edad. Ese día regresé a casa con muchas emociones. Sentía tristeza, miedo e impotencia, pero también admiración por mi hermana. A pesar de todo lo que estaba viviendo, ella seguía adelante.


Con el paso del tiempo, su cuerpo comenzó a adaptarse al tratamiento. Lo que al principio parecía insoportable poco a poco se convirtió en parte de su rutina. Eso no significaba que fuera fácil, sino que Luciana había aprendido a resistir.


Y creo que yo también aprendí algo de ella que la fortaleza no siempre se ve como alguien que no tiene miedo. A veces, la fortaleza simplemente consiste en levantarse, volver al hospital y continuar, incluso sabiendo que puede doler.


Los días fueron pasando y Luciana fue creciendo en medio de todo ese proceso. Mientras otros niños vivían su infancia de una manera diferente, ella tuvo que aprender desde pequeña a convivir con hospitales, tratamientos y controles médicos. Pero también hubo momentos felices.


Había días en los que podíamos verla reír, jugar y olvidarnos por un momento de todo lo que estaba pasando. Esos pequeños momentos se convirtieron en grandes recuerdos para nuestra familia. Con el tiempo entendí que no todos los recuerdos de aquella etapa tenían que estar relacionados con el miedo. También estaban las risas, las conversaciones, los momentos junto a mis padres y las veces en las que simplemente disfrutábamos de estar juntos.


Mi hermanita comenzó a enseñarme muchas cosas sin darse cuenta. Me enseñó a valorar los momentos sencillos, a agradecer por tener a mi familia cerca y a no dar por sentado algo tan simple como poder despertar y compartir un día más con las personas que queremos.


Hoy han pasado varios años desde aquel momento. Luciana está mucho mejor, pero su historia todavía no ha terminado completamente. Debido a que su tumor era maligno, continúa teniendo sus respectivos chequeos médicos para controlar su estado de salud.


Además, todavía necesita el mantenimiento del catéter que tiene colocado en la zona del cuello, algo que forma parte de su proceso de seguimiento. Ahora que ha crecido, ella misma siente cada vez más las dificultades que este dispositivo le genera en sus actividades diarias.


A veces, le incomoda para realizar ciertas actividades en el colegio o simplemente para hacer cosas propias de su edad. Por eso, actualmente, ella quiere que se lo retiren. La entiendo. Después de tantos años, es natural que quiera sentirse completamente libre de aquello que le recuerda constantemente todo lo que tuvo que pasar. Sin embargo, cuando pienso en ese catéter, no solamente veo un dispositivo médico. También veo una parte de la historia de mi hermana. Me recuerda todo lo que tuvo que soportar cuando apenas era una niña.


Cuando miro a Luciana ahora, ya no veo solamente a aquella pequeña de seis años que recibía una noticia que cambió nuestras vidas. Veo a una niña que creció, que luchó y que nos enseñó a todos que incluso en los momentos más difíciles se puede seguir adelante.


Quizá lo más extraño de recordar aquellos años es pensar que todo comenzó con miedo. Una noticia hizo que nuestra familia sintiera que el mundo se detenía. No sabíamos qué iba a pasar, cuánto duraría el tratamiento ni cómo terminaría aquella historia. Pero hoy, al mirar hacia atrás, también puedo ver todo lo que aquella experiencia nos dejó.


Nos hizo estar más unidos. Nos enseñó a acompañarnos. Nos enseñó que la esperanza puede aparecer incluso en los momentos más difíciles. Y, sobre todo, me dejó a Luciana como uno de mis mayores motivos para seguir adelante.


Quiero cumplir mis sueños, crecer como persona y convertirme en alguien de quien ella pueda sentirse orgullosa. Quiero que, cuando me mire, encuentre en mí un ejemplo de que, aunque la vida pueda golpearnos, siempre podemos levantarnos.


Porque aquella noticia que un día llenó nuestra casa de miedo terminó dejando algo mucho más grande: una familia más unida, una historia que nunca vamos a olvidar y una pequeña luz llamada Luciana que, incluso en los momentos más oscuros, nos enseñó a seguir caminando.

 
 
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