Mamá, no me dejes morir

Escrito e ilustrado por Karen Ochante
¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! Retumbó fuera de la casa. Bruno había disparado contra Samuel. Raquel salió y soltó un grito desgarrador, su garganta se rasgó de tal forma hasta sentir que todo le quemaba por dentro. Vio que su amado Samuel se desangraba en el piso. Bruno había escapado.
La madre de Samuel también llegó a la escena. Su hijo, aquel que tanto le costó dar a luz, estaba agonizando. Le salía mucha sangre a la altura de las costillas como de una tubería rota. Era realmente macabro e impactante para ella. Asustada se tiró de rodillas y lo acurrucó en sus brazos gritando desoladoramente. Pidió ayuda, pero el tumulto de personas que se acumuló en instantes solo grababan u observaban el suceso. Cogieron a Samuel entre cuatro hombres y lo subieron al auto con una colcha que cubría su enorme cuerpo. Su madre se subió a su lado y Raquel subió como pudo con el bebé en brazos.
¡PIIIII! ¡PIIIIII! el sonido del claxon era perturbador. Las estrechas calles del 10 de Canto Grande en San Juan de Lurigancho eran una tortura. Aquella mujer ya había entrado en la locura por completo, insultando e hiriendo verbalmente a los conductores iba gritando todo el camino hasta que llegó el momento decisivo. Su hijo que se veía tan vulnerable, apretó su mano y le dijo esa frase que una madre jamás espera escuchar en su vida:
—Mamá, no me dejes morir
Sin más, le dio un fuerte apretón y cerró los ojos, la madre empezó a gritar tanto como Raquel.
El matrimonio de Raquel y Bruno se ahogaba en celos y agresiones verbales. A su alrededor, lobos disfrazados de ovejas le llenaban los oídos de habladurías, inventando incluso una infidelidad por Raquel que jamás existió. Se tardó un año en darse cuenta de que su obsesión por su esposa no tenía límites y que Raquel estaba decidida a terminar de una vez por todas con la relación. Ya no sentía nada y no soportaría un menosprecio ni maltrato extra de su parte.
Una noche de verano, mientras Raquel paseaba por la alameda Chabuca Granda, quedó embelesada por Samuel, aquel hombre, moreno y de grandes hombros, quien se encontraba degustando un postre criollo. No quiso ser imprudente acercándose a él porque si bien es cierto su relación era una tortura, pero aún seguía atada a ella y una habladuría más sería demasiado. Lo que ella no sabía era que su mirada, tan intensa, lo había hecho voltear. Llevaba más de cinco minutos observándolo sin darse cuenta. Entonces, él se atrevió a saludarla.
—Hola, soy Samuel —soltó una sonrisa atrevida.
Pasaron horas conociéndose. Raquel temía un poco, pero el deseo de desconectarse le hizo olvidar todo lo que pasaba en su vida y solo continuó. Desde entonces se refugió de alguna u otra manera en la paz que le brindaba Samuel.
Los papeles del divorcio estaban a punto de firmarse. No podía creer que su esposo —ahora casi ex— hubiera aceptado con tanta facilidad. Dio un brinco, por fin era libre. Propagó la noticia con sus familiares más cercanos y obviamente corrió a los brazos de Samuel.
Bruno se encontraba vagando en redes sociales. La noticia le llegó de golpe, transcurrió un año desde que su compromiso con Raquel dio su fin y ahora se había enterado de que estaba por dar a luz. Iba a tener un hijo, uno con el que tanto soñó, pero no era de él, acto que lo envenenó de celos y envidia. Ya existía alguien más en su vida y se negaba a aceptarlo, como aceptar que alguien más tenga lo que tanto poseíste.
Miles de voces llegaron a su mente, nunca había superado que su exesposa lo cambiara tan rápido. Él aceptó el divorcio porque su ego le hizo pensar que Raquel volvería a sus brazos, con el tiempo le dio el golpe de realidad al no saber nada de ella, simplemente desapareció hasta un año después.
Cegado por la ira y el despecho tomó una decisión y se dijo a sí mismo: Si no eres mía, no serás de nadie.
No tardó mucho tiempo en armar un plan maquiavélico: quería deshacerse de Samuel. No deseaba que su mujer regrese a su lado, solo quería saciar su sed de venganza y orgullo.
Investigó sus pasos, con quién y dónde vivía, sonrió de lado al saber que era hijo único y dijo: Así que eres hijo de mami.
Era tan bajo lo que planeó, la razón salió de su cuerpo ya no había rastro de ella por ninguna parte. Solo se adentró a cumplir con su sentencia.
La tarde en que Bruno disparó contra Samuel, Raquel observaba a su recién nacido dormir, la inquietud invadía su cuerpo: algo la desesperaba. Le pidió amablemente a su suegra que la ayudara un momento y su vista se desvió a Samuel, que estaba por salir a comprar algo. En cuanto se cerró la puerta, escuchó fuertes disparos. Su corazón se detuvo. Cuando salió, soltó el grito más fuerte y doloroso: el amor de su vida yacía tendido en el piso, desangrándose, pero inmediatamente reconoció a aquel hombre que tanto la torturó, este la vio y escapó lo más rápido posible.
Los ojos de Samuel se cerraron dejando todo atrás, su vida, su madre, su nueva familia. Con él se fueron momentos inolvidables con el amor de su vida, aquel rostro que pensó ver hasta quedar arrugado por la vejez.
Su madre lo arropó en sus brazos y le hizo un último juramento:
—Buscaré justicia hijo mío.
Raquel se acercó al cuerpo de su amado. En sus brazos mecía a su diminuto bebé. Lloraba como nunca y se limitó a decir:
—Te amo Samuel, nuestro hijo sabrá todo de ti.
Acarició su rostro delicadamente. Su interior quemaba de dolor al saber que aquella tarde sería la última vez que vería a su gran amor.

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