El sabor de las calles
- DíaTreinta

- 27 ago 2025
- 2 Min. de lectura
En un rincón del mercado de Gamarra, entre el bullicio de los compradores y el aroma de la comida recién hecha, Eduardo Gavilla acomoda sus bandejas con desayunos, almuerzos, empanadas y arepas. Su jornada comienza temprano y no termina hasta que el último cliente se va, a veces después de once horas de trabajo ininterrumpido.
Eduardo lleva cuatro años vendiendo en la calle. No es un trabajo fácil, pero él lo eligió. “Siempre he trabajado independiente, siempre he trabajado por mi cuenta”, dice. Para él, la independencia es un valor fundamental. Prefiere ser su propio jefe, aunque eso implique más horas y más esfuerzo.

La rutina de Eduardo varía según el día. Los fines de semana son los más movidos, y las jornadas pueden extenderse más de lo pensado. A veces trabaja ocho horas, otras veces once. El dinero que gana no siempre es suficiente, pero él confía en que, poco a poco, las cosas mejorarán. “Vivimos en eso, tratando de que siempre caiga un poquito más. Pero bueno, siempre de acuerdo con la voluntad de Dios, con la bendición de Dios. Poco a poco, de poquito a poquito se consigue algo”, comenta con esa fe que lo empuja a seguir adelante.
El camino no ha sido sencillo. Al principio, los fiscalizadores lo sacaban del mercado una y otra vez. “Guerreando siempre”, recuerda. Pero con el tiempo, todo se fue tomando forma. “Ya me conocen y ya se me hace un poco más fácil, un poco menos complicado. Pero al principio sí fue fuerte, fue duro”, recita como si su mente regresara a ese entonces.
Eduardo Gavilla es un emprendedor de la calle, un hombre que prefiere la libertad de su propio negocio a la seguridad de un empleo fijo. Su historia es la de miles de trabajadores informales que, día a día, construyen su futuro con esfuerzo, perseverancia y la esperanza de en algún momento poder crecer.

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