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"Solo es cuestión de saber algo de la vida"

Terry Arriel tiene 52 años, no tiene hijos, y vende especias en Chorrillos. No parece un vendedor común: cuando habla, lo hace como si recitara apuntes antiguos, frases que ha ido recogiendo del polvo de los libros y de la calle. Es ingeniero químico —dice—, pero hace dieciocho años decidió que ese título no le daría de comer. “Con el tiempo lo natural va a resucitar”, repite como quien ha encontrado en las plantas un camino que el Estado olvidó pavimentar.


Trabaja de ocho a una en “La Paradita", ese bulevar desordenado y bullicioso, y por las tardes se va al mercado de Velasco, en Villa El Salvador. Es informal, como el 70% del país, pero él no lo dice así. Él dice que el trabajo está abandonado. “Podrido”, corrige, con una claridad que no pide permiso.


Se metió con naturistas, aprendió de las plantas, de sus ciclos, de sus resistencias, y un día entendió que las especias no solo curaban el cuerpo: también ayudaban a apaciguar su hambre.


—No tengo oficio —dice—, solo es cuestión de saber algo de la vida.


Gana trescientos soles a la semana. No se queja. Ha aprendido que la queja no sirve para negociar con el día. Él no pide nada. Solo que no lo molesten. Aunque lo han hecho. Fiscalizadores que lo observan desde lejos, que lo acechan, que buscan el menor descuido para intervenir. “Te meten miedo”, dice. Pero cuando da su nombre —Terry— algunos se detienen. “Se dan cuenta de que no soy cualquiera”.


Chorrillos, a diferencia del Cercado o de algunos sectores de Villa El Salvador, ha sido más tolerante. No corretean tanto. Aquí, por lo menos, lo dejan respirar y eso ya es ganancia.


Terry está solo. Lo dice sin pena, como un dato más de su inventario. “¿Con qué derecho voy a tener otro hijo?”, pregunta, mientras acomoda las bolsitas de anís, orégano y cúrcuma. Ha visto a sus hermanos sufrir por los suyos. Ha visto demasiado.


—El Estado está sentado en un banco de oro —dice con calma— y nunca se va a preocupar por nosotros.


Es la frase de alguien que ha dejado de esperar. Que trabaja porque no hay otra, porque el pan no llega con promesas. Que mira al país con la desconfianza de quien ya no cree en los discursos, ni en los presidentes, ni en los congresistas que solo legislan para sus bolsillos. Pero igual sigue. Todos los días, con su mesa, sus hierbas, su sabiduría de calle.


“Yo no voy a ver el cambio”, dice. “Pero sé que va a pasar”.


Y vuelve al silencio, mientras el sol revienta sobre “La Paradita” y los vendedores gritan como si eso les alargara un poco más la jornada.

 
 
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