Sobrevivir: El peso de una vida atropellada y la fe de seguir adelante
- DíaTreinta

- 27 ago 2025
- 4 Min. de lectura
Entre el bullicio de un mercado despierto, la suciedad de las veredas y pistas sin limpiar y el frío que hiela la piel; está Mónica, una trabajadora ambulante de 60 años, que carga sobre sus brazos trigueños ganchos de ropa para vender, empujando su carrito con otras prendas y llevando sobre su mente y cuerpo cansado una dolorosa historia.

Fueron cuarenta días en los que esta mujer limeña temió por su vida, cuarenta días postrada en una cama UCI, cuarenta días en los que sus cuatro hijos y su esposo anunciaban una muerte que no llegó. “Tengo una enfermedad rara, autoinmune”, comenta con voz pausada tratando de explicar lo que su organismo soporta sin poder encontrar una cura. Hace un año estuvo entubada en Casimiro Ulloa con neumonía e infección urinaria. “No tenía esperanza de vida, los doctores decían que solo un milagro me salvaría”, añade recordando lo crítica de su situación donde los especialistas detallaban que si salía viva tendría que estar en una cama clínica y con un balón de oxígeno. Sin embargo, la vida le dio otro despertar, uno que Mónica agradece, pero que también lucha.
Un nuevo comienzo
Las calles del boulevard “La Paradita” en Chorrillos, acogieron a Mónica luego de que el distrito que la vio crecer la obligara a marcharse. “Me botaron horrible e incluso quisieron llevarse mi mercadería, me corretearon y se bajaron del camión 3 o 4 personas y me acorralaron y me dijeron que se iban a llevar lo que vendía, entonces de ahí me asusté tanto que no volví a retomar en ese distrito, siendo yo surquillana”, recuerda con voz agitada como si su mente reviviera aquellos minutos de desesperación.
Mónica guarda su carrito en un almacén en Chorrillos y carga sus ganchos con ropa desde Surquillo en un bus que demora tres cuartos de hora en llegar. Sus piernas están cansadas de permanecer paradas sobre esos pisos sucios que la ven por largas jornadas de ocho horas desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde aproximadamente.
El dolor oculto
“Nadie sabe lo de nadie, ¿no?”, dice con aquella nostalgia como tratando de sumar su caso a muchos otros. Ella, cuida de su esposo con quien lleva cuarenta años de relación, quien era el soporte de la familia hasta que se vio obligado a parar luego de que le diera un derrame cerebral hace un año y otro hace un mes, obligándolo a usar pañales y recibir atención terapeútica del SIS tres veces a la semana, días en los que Mónica debe de quedarse con él y privarse de salir a vender ropa en las calles chorrillanas.
¿Y sus hijos? Crio a 4 pequeños que ahora convertidos en adultos han hecho de su vida lo que el destino les ha ido trazando; sin embargo, ¿en verdad notarán el trabajo de su madre y el dolor de su padre? Mónica dice que ayudan en lo que pueden, aunque el más pequeño de todos, el único que vive con ella, parece ser también el único que aporta un valor significativo de ayuda. Él entendió la magnitud del problema: cosas por pagar, su mamá ganando lo justo y su padre en cama. Esto lo llevó a dejar la universidad en el octavo ciclo y a trabajar para alivianar el peso de sus padres, peso que recae con fuerza en su madre quien algún dia fue una niña que soñó con ser enfermera, pero que nunca pudo atrapar ese sueño.
Mónica, la mayor de tres hermanos, terminó la secundaria con su panza de embarazo. Ella, quien hasta ese entonces solo tenía la responsabilidad de estudiar y a veces ayudar a cuidar a sus hermanos menores, se vio ante el desafío de cambiar completamente su vida. Sus padres la apoyaron, ella decidió tener a su primer hijo, luego de un año al segundo, luego de cinco al tercero y luego de cinco más al cuarto “y ya no podía estudiar, solo atender a los hijos, ¿no?”, pregunta sin esperar una respuesta directa, conociendo que fue el camino que se fue trazando y que lamentablemente luego de tanto la llevó a cargar con todo prácticamente sola.
“Mi situación es muy crítica: vivo alquilado, tengo a mi esposo que está con infarto, yo soy una persona enferma”, dice pensando en un futuro donde los huesos ya cansados quizás no puedan sostener un trabajo tan demandante y afirmando que, “los hijos a veces se casan, se van, pero te dan lo que pueden”.
La moneda y el Cielo
Ella no conoce la cifra de sus ganancias que varían dependiendo el día, pero agradece si con estas puede comprar algo de comida o guardar para el alquiler. No saca cuentas del dinero acumulado semanalmente, pues vende un poco, hace su mercado y “compro lo que tengo que comprar”. El alquiler, el alimento, y aquellas caras pastillas que le sacan 350 soles al mes son solo algunas de las cosas que Mónica debe de priorizar.
Esta mujer surquillana brilla no solo por su historia, sino porque detrás de esta está su fortaleza, sus ganas de salir adelante y sobre todo, su fe en Dios.
- Usted habla de Dios en cada cosa que responde, ¿cómo puede encontrar fuerza en Él cuando su vida ha tenido tantas complicaciones?
- Dios nunca me ha abandonado, por Él estoy viva, por Él estoy de pie
¿Cuántos no actuarían desde el odio luego de haber vivido tanto atropello? ¿Cuántos no hubieran deseado otra vida? ¿Cuántos no vivirían quejándose? Pues Mónica no, ella sabe que Dios nunca la ha dejado hasta el día de hoy, que Él fue quien la salvó de casi morir y aunque dijo “si ganamos, ganamos con las justas para poder vivir el día a día” también mencionó “con el favor de Dios saco algo al menos para comer”. Ella es Mónica, un ejemplo de resiliencia, de fe y de búsqueda por un cambio, pues como comenta el gobierno debería de brindarles un espacio para poder vender desde la comodidad, no con los pies sembrados en ese suelo polvoso, ni con el miedo de que algún día ya no tenga para vender.
Su caso, como el de muchos otros, permanece en un silencio indiferente, en las cientas de miradas que chocan con la suya y en la poca atención que las autoridades le prestan para tratar de ayudarla a aligerar la carga que en sus hombros tan fuertemente pesa.

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