La universidad de la calle
- DíaTreinta

- 27 ago 2025
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—A veces puedes soñar, pero lo que sueñas no se cumple —dijo Santo Luis Chipana, con esa voz que arrastra años, decepciones y días de venta bajo el sol.
Tenía los brazos cruzados y la mirada ida, como si hablara más para sí mismo que para el otro. En “La Paradita”, ese bulevar indomable de Chorrillos, donde las tiendas formales son los bordes y la vida ocurre en el medio, Santo Luis vendía medias, plantillas, correas, lo que se pudiera de acuerdo a la estación. Chalinas para el frío y más. Todo lo que quepa en una bolsa y valga un día de esfuerzo.
—Trabajo de lunes a domingo —dijo—, descanso solo un día.
No hizo falta preguntar más. El cuerpo de Santo hablaba solo. Casi veinte años entre puestos, en Villa María, en Chorrillos, en donde lo deje el día. Él no pide permisos, no tiene jefe, no ficha entrada. Es uno de los millones que sostienen al Perú sin figurar en sus cuentas.
Santo alguna vez soñó grande. Fundó un mercado en el cono sur. Puso orden, pagó sus impuestos, hizo todo como se debe. Pero todo sueño necesita testigos y los suyos lo traicionaron. Fue calumniado. Fue extorsionado. El tipo que le pidió plata era amigo, dijo que conocía su casa, que tenía familia y Santo, huérfano desde los ocho años, entendió que hay pérdidas que no se permiten.
—Yo tengo cuatro hijos. Gracias a Dios ya se mantienen solos. Tienen su profesión. Pero eso ha costado. Todo cuesta.
Uno pensaría que la universidad forma a los hombres, pero Santo fue formado por otra: la de la calle. La que no da diplomas, pero sí lecciones, la que te enseña a contar el vuelto, a callar a tiempo, a respetar a los fiscalizadores y a temer, más bien, a los que disparan sin previo aviso. “Uno no sabe cuándo va a llegar tu mala suerte”, dice con esa calma con la que se habla del destino.
Él lo tiene claro: los congresistas hacen leyes para ellos, los presidentes quieren robar, y los animales tienen más derechos que la gente como él. No lo dice con odio, sino con una claridad dolida. No se queja, señala. No llora, constata.
Y sin embargo, trabaja. Porque si no se trabaja, no se come. Porque la clase baja no se permite el lujo de la pausa. En un buen día, setenta soles. En uno malo, ni eso. Y así hay que guardar pan para mayo, aunque en mayo ya no quede pan.
Santo vende en medio del asfalto y sueña con un presidente que entienda. Un presidente que eduque. Un país donde soñar no sea una pérdida de tiempo.

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