Vender para vivir
- DíaTreinta

- 27 ago 2025
- 2 Min. de lectura
Liz tiene 33 años y una mirada calmada, de esas que han aprendido a leer la ciudad con paciencia y resignación. Hace ya casi 5 años que dejó atrás la formalidad de una empresa para lanzarse al mundo ambulante, vendiendo ropa en las calles de Lima. Lo hizo como tantos otros: por necesidad.
“En la empresa, te piden muchos papeleos, muchos requisitos, no te dan permiso. A veces el pago tampoco no es compensado con la labor que tú haces.” cuenta. Así, la informalidad se volvió su refugio, una forma de sacar adelante a su pequeña hija y de encontrar, en medio del caos, una oportunidad.
Cada día, Liz decide si puede salir a vender. No siempre es posible: depende de si su madre puede cuidar a su niña, de si hay algo para comprar y revender, de si el clima y los ánimos del municipio lo permiten. “No trabajo todos los días, solo cuando puedo. Los días libres, cuando mi mamá me apoya, salgo a vender”, explica. La maternidad y la ausencia de sistemas de apoyo determinan el compás de su existencia, mientras que la vía pública se transforma en una extensión de su hogar, un espacio donde busca lo justo para sobrevivir.
El trabajo ambulante no es fácil. A veces, el esfuerzo parece mayor que el de una fábrica, pero la recompensa no siempre llega. “Entre comillas, a veces no vale la pena. Los municipios tienen sus reglas y hay que respetarlas”, dice con una mezcla de resignación y dignidad. Sabe que el orden y el comercio van de la mano, que hay tributos y normas, pero también reconoce que los derechos de los informales son, muchas veces, una promesa lejana.
Liz no tiene grandes planes para el futuro. “La verdad, no lo sé”, confiesa pensando en el mañana como una nube de incertidumbre. Es ama de casa, madre, vendedora ocasional. Su existencia consiste en un balance continuo entre la carencia y la expectativa, entre el anhelo de un futuro más prometedor y la situación que debe afrontar diariamente.
Así, entre telas y días, Liz sigue adelante. No porque sea fácil, sino porque no hay otra manera. Porque, como tantas mujeres en el Perú, ha aprendido a reinventarse con lo poco que tiene, a resistir con dignidad y a buscar, en cada jornada, una razón para no rendirse.

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