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Celestino: El zapatero de la memoria
En el mercado, entre el bullicio de la mañana y el ir y venir de los clientes, Celestino Alejaco Alfaro, de 84 años, se instala cada día frente a su módulo de calzado. Su rutina es impecable: llega a las ocho de la mañana, puntual, y se asegura de que su espacio esté limpio y ordenado. No es solo cuestión de costumbre, sino de respeto por el trabajo y por quienes lo rodean. Celestino lleva más de dos décadas lustrando zapatos, pero su historia laboral comenzó mucho antes.


Dulzura colombiana en las calles limeñas
Entre los puestos de Gamarra, donde el aroma de los dulces se mezcla cautiva al ciudadano de a pie, Einer Rueda, de 72 años, despliega su carisma y su sonrisa. Lleva tres años vendiendo leche asada y besos de moza, dos postres que conquistan paladares y corazones.


De sol a sol
Lazario Reyes, de 63 años, se levanta cada madrugada sabiendo que el día será una prueba de resistencia. Desde hace casi cuatro años, vende “habitas” y sus “emboscaditos” en las calles de Gamarra. No lo hace por gusto, sino por necesidad: “A veces me obligo porque no tengo otra opción de trabajo”, confiesa con voz tranquila, pero firme.


La lucha diaria y la meta constante: recaudar dinero para los pañales de su madre
A las siete de la mañana, Grisel Alcalde Medina ya está en la calle. Tiene 63 años y las manos curtidas por un trabajo que la acompaña desde hace dos años y medio: la venta de galletas “Animalito” en el corazón del trabajo informal; Gamarra y el centro de Lima. No es un oficio fácil, pero es el que le permite comprar pañales para su madre de 91 años.


Prendiendo luces en Gamarra
Entre los pasillos de Gamarra, donde la ropa se apila hasta el techo y los compradores avanzan en tropel, Víctor Vázquez se pronuncia como una figura conocida. Sus 72 años se notan en el ritmo cansino con que acomoda las prendas, pero no en la determinación de su mirada ni en la firmeza de sus manos, curtidas por casi dos décadas de trabajo ininterrumpido.


El sabor de las calles
En un rincón del mercado de Gamarra, entre el bullicio de los compradores y el aroma de la comida recién hecha, Eduardo Gavilla acomoda...


El churrero de 74 años cuyas calles han visto crecer
César se levanta cada mañana a las cuatro y media. Tiene 74 años y lleva toda una vida laburando en la calle.“Yo llevo trabajando desde...


Sobrevivir: El peso de una vida atropellada y la fe de seguir adelante
Entre el bullicio de un mercado despierto, la suciedad de las veredas y pistas sin limpiar y el frío que hiela la piel; está Mónica, una...


"Solo es cuestión de saber algo de la vida"
Terry Arriel tiene 52 años, no tiene hijos, y vende especias en Chorrillos. No parece un vendedor común: cuando habla, lo hace como si recitara apuntes antiguos, frases que ha ido recogiendo del polvo de los libros y de la calle. Es ingeniero químico —dice—, pero hace dieciocho años decidió que ese título no le daría de comer. “Con el tiempo lo natural va a resucitar”, repite como quien ha encontrado en las plantas un camino que el Estado olvidó pavimentar.


La universidad de la calle
—A veces puedes soñar, pero lo que sueñas no se cumple —dijo Santo Luis Chipana, con esa voz que arrastra años, decepciones y días de venta bajo el sol.


Vender para vivir
Liz tiene 33 años y una mirada calmada, de esas que han aprendido a leer la ciudad con paciencia y resignación. Hace ya casi 5 años que dejó atrás la formalidad de una empresa para lanzarse al mundo ambulante, vendiendo ropa en las calles de Lima. Lo hizo como tantos otros: por necesidad.


De microempresario a comerciante informal
Julio tiene 58 años y ha aprendido a adaptarse, incluso cuando la vida da un giro inesperado. Antes de la pandemia, era microempresario: fabricaba zapatos y sandalias, dueño de su propio destino y de su pequeño taller. Pero la llegada del virus, el encierro y la crisis económica lo dejaron, como a tantos otros, sin el sustento que durante años le dio estabilidad. Fue entonces cuando, empujado por la necesidad, se sumó al comercio informal en el boulevard chorrillano “La Parad


Sábados de canela y domingos de laurel
Jacqueline Jiménez Palomino tiene 28 años y desde hace tres dedica sus fines de semana a acomodar con esmero las bolsitas de canela, clavo, anís y anís estrella, para poder vender en el boulevard chorrillano “La Paradita”. Sin embargo, su vida laboral no siempre giró bajo el círculo de la informalidad, ella se vio obligada a dejar el trabajo para otros y continuar su propio camino, uno que le permite ser madre y vendedora a la vez, aunque eso implique sacrificar la estabilida


El país no descansa los fines de semana
No lo dice con rabia, sino con esa resignación densa que se le pega a la voz después de tantos años. Habla como quien ya se acostumbró a levantarse temprano, a pelear un metro cuadrado de vereda, a mirar de reojo por si vienen los fiscalizadores. “Nos persiguen. Nos quitan la mercadería. No comprenden la necesidad de uno”, suelta, casi en secreto, como si no quisiera molestar a nadie con su verdad.


Kilometros de esperanza
A las seis de la mañana, cuando Lima apenas bosteza y la luz visible se cuela por las casas, Yheikson Gallardo ya está despierto. Suena la alarma y, con el primer rayo de luz, comienza una rutina que, aunque cotidiana, nunca es igual. Yheikson se pone su mochila naranja de Rappi, revisa su celular, y se prepara para salir a recorrer las calles de la capital gris. Tiene 24 años, pero sus ojos, oscuros y atentos, parecen haber visto más que cualquier joven de su edad.
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